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Experimentum Mundi, de Giorgio Battistelli, es el espectáculo que abrió la temporada 2025 del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC). Una propuesta sumamente novedosa que coloca en el centro de la escena una dimensión que vale la pena revalorizar hoy: el trabajo. Los protagonistas de la pieza son 15 trabajadores técnicos del Colón y esta es la primera vez que están sobre el escenario como intérpretes: Maely Cruz Hernández (pastelera), Ignacio Jose Luis Mancini (carpintero), Carlos Rubiera y Edgardo Aguilar (toneleros), Juan Pablo Catamarca y Vicente Gallelli (albañiles), Milton Tahiel Pérez y María Victoria D’aloisio (adoquineros), Fernando Abregu y Leandro Taranto (herreros), Nale Zelmanovich y Pablo Giardina (afiladores), César Antonio Echeverría y Gerardo Damián Sotelo (zapateros) y Martín Rubino (picapedrero). El grupo trabaja activamente con sus manos: se ponen sus delantales y sus guantes, alistan los materiales, preparan sus herramientas, se disponen en el espacio y... manos a la obra.
Las herramientas de trabajo ocupan el lugar que suelen ocupar los instrumentos musicales de las orquestas que desfilan por el teatro y el quehacer manual de los trabajadores convive de manera virtuosa con las voces de las cantantes Andrea Morbelli, Cristina López, Andrea Domínguez y Victoria Lombardero, la ejecución del percusionista Bruno Lo Bianco y la narración del actor Pablo Seijo. Todo con la dirección musical de Lucas Urdampilleta, quien define el resultado final como una "unificación de fuerzas".
Las cantantes dan inicio a una partitura compleja que, según explica Urdampilleta, es analógica, gráfica, pautada en el espacio y muy clara en términos visuales. "También es muy abierta, no marca lapsos de tiempo rígidos sino que da los puntos de inicio para las actividades; eso exige estar muy pendiente de la tarea que están realizando los artesanos en cada momento. Los tiempos los impone el quehacer de cada uno de ellos". El director explica que el texto tampoco tiene marcaciones demasiado precisas y, por ende, demanda un "trabajo de creación permanente sobre la obra". Cada función trae nuevos hallazgos y esa escritura libre permite incorporar aportes que enriquecen la pieza original compuesta en 1981.
Las cantantes susurran nombres masculinos y femeninos con un hilo de voz. A propósito de esas intervenciones, el director cuenta que "Battistelli imaginaba que eran las voces de las hijas, madres y abuelas de los trabajadores", y sostiene que "esa idea es linda para pensar el comienzo de la obra porque da la sensación de que son las voces de la mañana que van a despertar a esos trabajadores para hacer sus tareas". A continuación, la pastelera rompe las cáscaras de huevo contra la superficie de un bol y bate claras y yemas; los zapateros moldean la horma del calzado; los albañiles preparan sus materiales y comienzan a levantar una pared; los adoquineros toman sus mazas para trabajar sobre un bloque macizo; las caras de los herreros se iluminan por el tono anaranjado del fuego; los toneleros martillan la madera para construir un barril; los afiladores pedalean al ritmo de un sonido chirriante.
Cada oficio tiene pautada su entrada y se incorpora lentamente a esa gran orquesta laboral donde los martillazos, los golpes del palo de amasar o el ritmo de la maza reemplazan a las melodías y armonías que suelen habitar las salas del Colón durante las galas tradicionales. Resulta interesante ver sobre el escenario un espectáculo que, por lo general, sucede tras bambalinas y en completo anonimato. Aquí los sonidos, olores, materiales y movimientos propios del trabajo se articulan con la música y el recitado de las descripciones de diferentes oficios tomadas del Diccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios del siglo XVIII, de Diderot y d’Alembert.
Martín Rubino, escultor del Colón que interpreta al picapedrero, cuenta que el principal desafío fue el ritmo porque "lleva un mismo pulso durante casi toda la obra, entonces había que encontrarlo y mantenerlo". Él explica que los escenotécnicos suelen habitar el escenario, pero advierte: "Somos los que no se ven cuando el telón se abre, entonces es muy lindo estar del otro lado y que la gente nos conozca. Ser nosotros los que se ven es un poco fuerte pero está bueno experimentar esa sensación, los nervios antes de entrar". Estar ahí, frente al público, es algo nuevo para ellos y "una de las sensaciones más lindas" según el escultor, quien destaca la unión, el compañerismo y la diversión junto a sus colegas. "Es como ver los hilos de una producción del teatro", declara.
El intérprete habla también sobre la percepción de los sonidos de su quehacer cotidiano: "Uno está tan acostumbrado a los ruidos del taller que pueden volverse molestos: los martillazos, las máquinas. En esta obra, sin embargo, se amalgaman y crean una pieza que genera muchas cosas. Tuve la posibilidad de preguntarle a mi familia cómo se habían sentido cuando fueron a verla, y dijeron que se perciben momentos de mucha locura y otros de calma. La unión de todo eso crea algo muy hermoso". En relación a su trabajo en el teatro, Rubino destaca la unión entre todos los cuerpos para lograr la excelencia artística: "Todos buscamos que cada escenógrafo o director esté conforme con su trabajo y vea su idea plasmada en el resultado final. El teatro es excelencia y eso conlleva una responsabilidad muy grande para estar a la altura de lo que significa culturalmente el Colón, requiere un gran compromiso". Rubino estudió Artes Visuales en la UNA y asegura que el Colón es uno de los lugares más altos a los que se puede llegar en el marco de una institución.
Urdampilleta dice que hubo un gran desafío en términos de producción porque "no se trata de una ficción como una ópera tradicional". "Lo que uno ve en el escenario son postas de trabajo reales. Eso ya es un desafío a la hora de pensar qué materiales de construcción se van a utilizar en la escena, cómo, en qué momento, qué cantidades", explica. En relación a la dirección musical, explica que se trabajó con artistas del teatro que no son instruidos en lenguaje musical, por lo tanto, "los códigos tradicionales de la dirección no aplican para esto, aunque se pueden utilizar algunas generalidades y bajarlas a ese terreno para que se entiendan: entradas, marcaciones, algunos códigos numéricos para orientar el lugar en el que estamos". Otro desafío fue armar el "mapa de la obra y tenerlo en la cabeza, imaginárselo sin herramientas del lenguaje musical: una estructura de cinco partes con pausas y alternancias, dúos y tríos, preguntas y respuestas, pero sin un marco tradicional".
Sobre el rol del percusionista, Urdampilleta advierte que es "fundamental", destaca el "set con su riqueza tímbrica gigantesca" y agrega que el ejecutante debe ser "sumamente sensible a lo que acontece a su alrededor", ya que "los pulsos de su música devienen de las pulsaciones del trabajo que sucede en ese momento". En algunas ocasiones la percusión aporta un color detrás del ritmo que imponen los trabajadores, en otras lo amplía, dialoga o marca ciertos puntos de inflexión. En ese intercambio virtuoso de flujos sonoros, rítmicos y energéticos reside la potencia de esta obra que expone el detrás de escena y la indomable fuerza del trabajo.
*Experimentum Mundi repite el jueves 3 y viernes 4 a las 20 en el CETC (Viamonte 1168). Las localidades se pueden adquirir en la web o en la boletería del Teatro Colón (Tucumán 1171).
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Fuente: https://www.pagina12.com.ar/815206-experimentum-mundi-el-sonido-de-una-gran-orquesta-laboral