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Pacho O`Donnell es dramaturgo, es historiador, es escritor de cuentos y novelas, es también comunicador, y ha sido funcionario público. Pero fundamentalmente es un experimentado médico psicoanalista, porque así arrancó su devenir profesional en la vida. A ello le ha dedicado el hombre buena parte de sus 83 años a la fecha. Además de ejercer la profesión, ha publicado una serie de escritos sobre la materia, siguiendo las estelas de Freud y Pichon-Riviere. Entre ellos, Teoría y técnica de la psicoterapia grupal y Análisis freudiano de grupo, que vieron la luz entre fines de la década del setenta y principios de la del ochenta. Se debe a este motivo pues que “Pacho” empiece a contar su nuevo y flamante libro (El ADN argentino) por la vía psicoanalítica. “Como en el psicoanálisis, lo que uno busca es reescribir su historia verdadera, porque es algo imprescindible para poder entendernos mejor. La neurosis tiene que ver con una historia falsa, y muchos de los problemas que ha tenido, que tiene y que tendrá nuestro país tiene que ver justamente con el hecho de que nuestra historia enseñada y comentada no nos permite explicarnos ni entendernos cabalmente”, empieza a desentrañar O`Donnell sobre el trabajo publicado por Penguin, cuya presentación oficial será el miércoles 30 de abril a las 17.30 en la Sala Cortázar de La Rural, en el marco de la Feria del Libro.
Sustentado por un subtítulo que define bien de qué va la cosa (Las raíces de nuestra identidad nacional, Las historia que no nos contaron), El ADN Argentino ocupa sus 414 páginas en oponer una mirada revisionista a la historia oficial contaminada de liberalismo, que impregnó no solo a las dirigencias políticas y económicas, sino también al imaginario social en general. “Por supuesto que el libro no pretende dar una respuesta definitiva, dado que soy poco propenso a dar explicaciones o conclusiones muy abarcativas, pero sí he buscado datos para que cada uno pueda construir su propia versión de nuestra historia”, señala “Pacho”, quien lleva publicados varios libros en esta línea. Entre ellos, Juana Azurduy, la teniente coronela (1994); Juan Manuel de Rosas, el maldito de nuestra historia oficial (2003), y 1815, la primera declaración de independencia argentina (2015).
“La idea de escribir El ADN argentino me surge en la misma línea de todas mis publicaciones vinculadas a revisar la historia oficial, liberal, que se escribe al final de las guerras civiles, cuando la oligarquía porteña se impone sobre las provincias, algo que se anticipa en Caseros y se remata en Pavón, donde Urquiza le entrega el triunfo a Mitre, y empieza el proceso de organización nacional”, detalla el multifacético O`Donnell. “Por tomar un caso, una de las características de esta historia oficial es la desvalorización de los pueblos originarios. Un ejemplo típico está en cómo se nos presentan en los colegios los pueblos originarios, cuál es nuestra primera relación con ellos, ¿no? Resulta que un señor español bien parecido, blanco, con su yelmo brillante al sol como Solís, secundado por un sacerdote con una cruz, desembarca en las orillas del Río de la Plata, y es atacado por una horda de bestias con forma humana, que no solo los matan, sino que también se los comen. Bien, esta es nuestra presentación con los pueblos originarios cuando, en realidad, la otra versión, la que a mí me gusta dar, es completamente distinta, porque nuestros pueblos originarios tuvieron más lucidez que incas y aztecas, porque diagnosticaron correctamente que esos que llegaban del otro lado del mar eran enemigos, y tenían que tratarlos como tales. De hecho, no solo Solís sino también Pedro de Mendoza fue sitiado y acosado de una manera muy eficiente. Tanto es así que se producen fenómenos caníbales entre los propios españoles, porque padecen un hambre absoluta. La realidad es que los pueblos originarios no eran caníbales… esta es otras de las deformaciones de nuestra historia”.
-Escribís en el libro que tampoco se tiene en cuenta la gran influencia que han tenido las revueltas indígenas de la época colonial, en la Revolución de Mayo. Viene al caso, claro.
-Es que cuando se habla de Mayo de 1810, habitualmente se habla de la influencia de la Revolución Francesa, de los enciclopedistas, algo de los tomistas españoles, pero no se nombra a nuestros pueblos originarios y sus extraordinarias rebeliones, sobre todo calchaquíes, motorizadas por esos jefes que llegaron a conducir ejércitos muy grandes, y que tuvieron en jaque a los colonizadores españoles, como Juan Calchaquí o Juan Chalimín.
-¿Influyó la coyuntura actual en la idea de hacer este libro?
-Interpreto la política de este tiempo en la Argentina como una búsqueda más, por supuesto a los tumbos, de algo inasible, que es la posibilidad de explicarnos desde un ADN construido desde el proyecto de organización nacional de la oligarquía porteña, que pretendió hacer de Buenos Aires una parte de Europa, basándose en el dilema sarmientino de civilización-barbarie, que era lo mismo que decir elite europeísta porteña frente a la barbarie de lo criollo, gauchesco, provinciano e hispánico. Lo que acaba de pasar con el monumento a Osvaldo Bayer en el sur ejemplifica, entre otras cosas, hasta qué punto la historia es una ideología, un aparato ideológico del Estado, como decía Althusser, y cualquier modificación que se pretenda de ella, es como si temblaran las bases del sistema dominante.
-¿No alcanzó para impregnar al imaginario de un sentido nacional con Scalabrini Ortiz, Jauretche, “Pepe” Rosa, Fermín Chávez, García Mellid, Diego Luis Molinari, Manuel Gálvez, Marechal, Norberto Galasso y esos grandes propulsores del pensamiento nacional?
-No alcanzó, creo, porque, si bien ellos han logrado cambios importantes, sus prédicas siempre han sido relegadas. Sus posiciones y miradas casi no se estudian en las universidades argentinas. Quienes estamos en esta línea no esperamos incorporaciones académicas, ni premios Konex, ni esas cosas, porque realmente siempre, de alguna manera, cuestionar la historia oficial es cuestionar fundamentos muy básicos de la ideología predominante.
-Dedicás varias páginas a la Argentina colonial. ¿Por qué decidiste extender el recorte hasta esos momentos previos a Mayo?
-Me ocupo de la colonia, porque me parece que es fundamental. No se entiende nada del devenir de la patria si no entendemos las bases de la conquista y la colonia. Por ejemplo, del hecho de que Buenos Aires haya sido un puerto creado para el contrabando, porque el de Buenos Aires era un puerto ilegal por el que se contrabandeaba la plata potosina para evitar el largo trayecto desde Potosí hasta Lima. Creo que ese puerto, que luego incorporó otros rubros como el tráfico de esclavos –Buenos Aires fue un centro esclavista muy importante, dominado por Inglaterra- está también en nuestro ADN.
-Otro signo identitario argentino lo rastreás, ya liberados de la corona española, en la negativa de unitarios-liberales como Rivadavia y Del Carril a negociar con caudillos populares. ¿A qué otros personajes históricos ubicarías en esta situación?
-Rivadavia y Del Carril representan claramente un borde de la grieta que se perpetúa en nuestro tiempo, y que es la madre de todas las grietas. La que existe entre los que mandan y los que están obligados a obedecer, hasta que organizan una rebelión exitosa. También ubico en esta situación, por supuesto, a Juan Manuel de Rosas. Él fue el primer jefe popular argentino que llega al poder, y por eso es masacrado en la historia oficial, lógicamente porque representó un momento en que la oligarquía porteña perdió el poder. Cuando se habla de la crueldad de Rosas, hay que recordar que prácticamente ninguno de sus jefes opositores murió. Fueron obligados a exiliarse, sí, pero ninguno de ellos fue asesinado, como sí pasó en el caso contrario. En ese campo, también están los caudillos federales, que son las personas que en algún momento enfrentaron el poder oligárquico porteño, y que sufrieron como castigo la adjetivación de la historia oficial que los califica de negros, feos, bárbaros, ignorantes, etc. Fíjese cómo será el miedo de estas clases a los sectores populares, que en la Capital Federal no hay ninguna calle que recuerde algún caudillo federal, salvo Artigas, que está por el hecho diplomático de las relaciones con Uruguay. Pero después, no hay ningún caudillo federal bautizando alguna de sus calles, habiendo personajes importantísimos entre ellos.
-¿Por qué terminás el recorte temporal en Caseros?
-Porque es donde termina de consolidarse la organización nacional. Es ahí donde se bautiza la orientación que tendrá nuestra patria desde entonces hasta nuestros días.
-Otro lugar especial se lo das a las mujeres. La primera que destacás es Catalina de Erauso, a quien definís como una “pionera de la diversidad”.
-Es que otro sector muy devaluado por la historia oficial, aunque últimamente le han dado más espacio, es el de las mujeres ¿no? Ellas, según nuestra historia oficial, tuvieron un rol muy pasivo durante las guerras independentistas. Me refiero a que se las recuerda bordando banderas, prestando pianos o donando alhajas, cuando en realidad no fue así. Me siento por ello muy honrado de haber publicado la biografía sobre Juana Azurduy, cuando nadie hablaba de ella, salvo la bella canción de Félix Luna y Ariel Ramírez. En fin, hubo muchas Juanas, que se comprometieron en las guerras de la independencia, junto a los hombres que lucharon arriesgando sus vidas. El caso de la monja y escritora española Catalina de Erauso, que es anterior en el tiempo, lo destaco porque, para encontrar un lugar en el mundo, ella se hace pasar por hombre para luchar en guerras que son masculinas, hasta que tardíamente se descubre que era una mujer, porque se lo confiesa al rey de España. Curiosamente es distinguida por ello, y se le da el rango de alférez.
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